Como ser afortunado

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Así habló Arkad, y cuando terminó su narración, uno de sus amigos declaró: Ciertamente fuiste muy afortunado, porque Algamish te nombró heredero de una parte de sus bienes.
 
– Fui afortunado únicamente porque tuve el deseo de prosperar desde mucho tiempo antes de conocerlo. ¿Acaso durante cuatro años no mostré lo definido de mi propósito, al guardar la décima parte de todo lo que ganaba? ¿Llamarías afortunado a un pescador que durante años ha estudiado los hábitos de los peces, de tal manera que cada vez que cambia el viento puede arrojar sus redes cerca de ellos? La oportunidad es una diosa altanera que no pierde su tiempo con aquellos que no se han preparado.
 
– Hiciste gala de una gran fuerza de voluntad al seguir adelante después de perder los ahorros de tu primer año y en esto eres una persona extraordinaria, habló otro.
 
– Fuerza de voluntad, replicó Arkad ¡qué disparate!. ¿Creen que la fuerza de voluntad le otorga a un hombre la fortaleza suficiente para llevar sobre los hombres un peso que el camello no puede llevar, o de arrastrar una carga que el buey no puede mover? La fuerza de voluntad no es otra cosa que el indomable propósito de llevar a cabo una tarea que se ha fijado, hasta terminarla. Si me propongo desempeñar una tarea, por muy insignificante que sea, lo haré hasta el fin. ¿De qué otra manera podría tener confianza en mí mismo cuando se trata de hacer cosas importantes? Si llegara a decirme a mí mismo, “durante cien días, cuando cruce el puente que lleva a la ciudad, tomaré un guijarro del camino y lo arrojaré hacia la corriente”, así lo haría. Si el séptimo día llegase a cruzar sin acordarme de hacerlo, no me diré, “mañana arrojaré dos guijarros en vez de uno, y será lo mismo”. En vez de ello, volvería sobre mis pasos y arrojaría el guijarro. Y el veinteavo día tampoco me diría a mí mismo, Arkad, todo esto es en vano. ¿En qué te beneficia el hecho de arrojar un guijarro cada día? ¡Arroja un puñado de una vez y habrás terminado! No, no diría ni haría eso; cuando me fijo una tarea, debo llevarla a su término, de manera que tengo buen cuidado de no iniciar tareas difíciles e imprácticas, porque me agradan mucho mis ratos de ocio».

Tomado de “El hombre más rico de Babilonia”, de George S. Calson

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