8 LUCHAS QUE VALE LA PENA TENER  CON TUS HIJOS

La crianza de los hijos es difícil.  Los padres tienen que elegir sus batallas.  Aquí hay 8 luchas que vale la pena elegir con sus hijos:

 1. La lucha de la lectura:

 Haz que tus hijos lean.  Porque la lectura está ligada a todo, desde el desarrollo cognitivo hasta la capacidad de concentración.  Haga que sus hijos lean ahora.

 2. La lucha de salir afuera:

 Haz que tus hijos salgan a la calle.  El mundo natural nos enseña cosas.  Además, afuera hay sol, aire fresco y ejercicio esperándolos.  Lo más importante es que la naturaleza está llena de cosas que escasean en nuestro mundo: descubrimiento, asombro, paz, alegría.

 3. La lucha laboral:

 Haz que tus hijos trabajen.  Me entristece la cantidad de padres que no exigen que sus hijos muevan un dedo en casa.  Hay principios de vida invaluables que solo puedes aprender con un trapeador en la mano.  Que el sudor sea su maestro.

 4. La lucha de la comida:

 Haz que tus hijos coman en familia.  Las comidas juntos son una pausa física para recuperar una verdad tan fácilmente sacrificada en el altar del ajetreo.  Nada es más importante que la familia. Y comer saludable juntos.

 5. La lucha contra el aburrimiento:

 Haz que tus hijos vivan con el aburrimiento.  No le de celular o tablet en cada viaje en automóvil.  Los niños necesitan tiempo de aburrimiento para incentivar su creatividad.  Y, por extraño que parezca, el aburrimiento es una habilidad.  Es difícil como padre lidiar con el asalto de las quejas de aburrimiento.  Pero si cedes y llenas su tiempo con estímulos externos, criarás a un adicto.  Haz que aprendan a no depender de electrónicos para quitar su aburrimiento. Y darle libros, juguetes y tareas que vayan haciendo usando lo que miran por la ventana del carro donde viajan. 

 6. La lucha de «Yo primero»:

 Haz que tus hijos sean los últimos.  No siempre para todo pero lo suficiente para recordar que el mundo no gira alrededor de ellos.  Decirles: Toma la pieza más pequeña. Tú no manejas el control remoto.  Ayuda a hacer las tareas de tu herman@.  O darle algunas veces su opción de alientos, menos favorita.  No les gustará, pero lo necesitan.

 7. La lucha de conversación incómoda:

 Haz que tus hijos tengan conversaciones incómodas contigo.  Sexo, citas, imagen corporal, valores… Sus hijos pondrán los ojos en blanco y se resistirán.  Tropezarás y tartamudearás.  Pero lo Necesitan y tienen curiosidades o puntos de vista, porque aprenderán lecciones y sabiduría.

 8. La lucha de la limitación:

 Aprender a vivir dentro de los límites es una valiosa habilidad para la vida.  De hecho, muchos problemas de los adultos surgen de la incapacidad de aceptarlos.  Los límites de tiempo de pantalla, los límites dietéticos, los límites de actividad y los límites de horario son buenos.

 Como padre o madre, tienes que elegir tus batallas.  No son fáciles, pero estas 8 luchas, valen la pena luchar para el beneficio de tus hijos.

Copiado del Twitter de David Morris.

Fotografía por Rebekah Melancon

El Hada de Año Nuevo

Miguel y Felipe eran dos hermanos muy diferentes. Así, mientras que Miguel era más dócil y aceptaba las normas y valores de buen gusto, a Felipe le costaba algo más. Era rebelde y siempre terminaba haciendo ‘trastadas’ para llamar la atención.

Una noche de Nochevieja, se les apareció un hada, y les dijo: 

– ¡Hola! Soy el hada de Año Nuevo, y vengo a traeros un regalo.

Los niños se quedaron muy sorprendidos. ¡Nunca habían visto un hada! Era pequeña, tenía alas y la voz muy dulce. De pronto les entregó un libro a cada uno. Pero el libro no tenía nada escrito. Todas las hojas estaban en blanco. 

Miguel sonrió y le dio las gracias al hada de Año Nuevo. Guardó el libro con mucho cuidado. Pero Felipe se enfadó:

– ¿Y qué clase de regalo es este? ¡Si no hay nada dentro!

Felipe salió de casa y tiró el libro en un charco, así que sus hojas se llenaron de barro. Y al llegar a casa, usó el libro para equilibrar la pata de una mesa, así que su cubierta quedó hundida en un lado.

El hada regresa al año siguiente

Al año siguiente, el hada de Año Nuevo regresó.

– ¡Hola chicos! Vengo a buscar los libros que os dejé el año pasado. 

Miguel sacó su libro del cajón de su mesilla de noche y se lo dio al hada. Felipe tuvo que buscarlo bajo la pata de la mesa del salón.

El hada de Año Nuevo comprobó el interior de cada libro: el de Miguel estaba lleno de historias preciosas, y escritas con letras doradas. En cambio, el libro de Felipe estaba lleno de manchas ininteligibles.

– Felipe- le dijo el hada de Año Nuevo con dulzura- Tu libro refleja todo lo que hiciste este año.

– ¡Pero si solo hay borrones de tinta!- dijo él incrédulo.

– Eso es- continuó hablando el hada de Año Nuevo- Esta mancha de aquí es de ese día que te peleaste con tu hermano… y la de esta hoja es del día que mentiste a tu madre… Ah, y esta mancha grande de aquí es por haber insultado a tus compañeros de clase…

El hada de Año nuevo le enseña a Felipe cómo cambiar

Felipe se entristeció y se dio cuenta de que en realidad él no quería hacer todo eso…

– Y tú, Miguel- dijo entonces el hada de Año Nuevo- También tienes escritas muchas historias, con letras doradas, por cada uno de tus comportamientos buenos. Mira: aquí está la historia de cómo ayudaste a tu compañera de clase a estudiar… y ese día que cargaste con las bolsas de la compra para ayudar a tu madre. Hay muchas historias hermosas en tu libro.

Miguel sonrió y se sintió muy feliz.

– ¿Y cómo puedo arreglar yo mi libro?- dijo entonces Felipe, quien en realidad quería también un libro tan bonito como el de su hermano.

– Es fácil- le respondió el hada de Año Nuevo- Cada año os traeré un libro de hojas blancas nuevo. Estos dos me los tengo que llevar a la biblioteca del Tiempo. Pero cada año llevaré libros nuevos. Si al año que viene cambias tu comportamiento, tu libro será igual de hermoso o más aún que el de tu hermano.

El hada de Año Nuevo guardó esos libros y les entregó dos libros nuevos. Esta vez, Felipe lo guardó con cuidado en el cajón de su mesilla. Ese año, sí, estaba convencido de que su libro iba a contar muchas historias bellas e increíbles. 

Fuente: Tucuentofavorito

Canción de amor para mi patria

Será porque me dueles, será porque te quiero,
Será que estoy segura que puedes llenarme de palomas el cielo.
Será porque quisiera que vueles, que sigue siendo tuyo mi vuelo.

Sera que estas en celo velando la alborada
O acaso acumulando desvelos por dudas largamente acunadas.
Tan solo se levanta del suelo el que del todo extiende sus alas

Amada mía, querida mía, ¡ay patria mía!
De tumbo en tumbo, se pierde el rumbo de la alegría.
¡vamos arriba, Que no se diga que estas llorando,
Que tus heridas mal avenidas se irán curando.

Defiende tu derecho a la vida y juntas seguiremos andando.

Será que ya no quieres sufrir mas desengaños
Que vives levantando paredes por miedo a que la luz te haga daño.
Si ya no vienen llenas tus redes, tampoco hay mal que dure cien años.

Quizás en apariencias te alejas o me alejo,
El caso es que sufrimos de ausencia con un dolor ambiguo y parejo.
Amor no significa querencia, también se puede amar desde lejos.

Amada mía, querida mía, ¡ay patria mía!
De tumbo en tumbo, se pierde el rumbo de la alegría.
¡vamos arriba, que no se diga que estas llorando,
Que tus heridas mal avenidas se irán curando.

Defiende tu derecho a la vida y juntas seguiremos andando.

Autor: Mercedes Sosa

El Mono y la Tortuga

El Mono y la Tortuga

Adaptación de un cuento popular de Filipinas

Había una vez un mono y una tortuga que se llevaban estupendamente y eran muy amigos. Formaban una pareja peculiar que llamaba la atención allá donde iban, pero pertenecer a distintas especies nunca había sido un problema para ellos. Su amistad era sincera y se basaba en el respeto mutuo. Bueno, al menos eso parecía…

Cierto día iban paseando y charlando de sus cosas cuando se encontraron dos plataneros tirados en el suelo. La tortuguita, muy sorprendida, exclamó:

El mono y la tortuga

 

– ¡Oh, amigo mono, qué pena me da ver esos plataneros! Tengo la impresión de que los ha tumbado el viento. ¿No sería genial plantarlos de nuevo? Seguro que volverían a crecer con fuerza y nosotros tendríamos plátanos para comer a cualquier hora.

El mono dio un salto de alegría y empezó a aplaudir. ¡No había ser en este planeta más fanático de las bananas que él!

– ¡Me encanta tu idea! ¡Venga, vamos a ponernos manos a la obra!

Con mucho esfuerzo los dos animales levantaron las pesadas plantas y cubrieron sus raíces con tierra húmeda para que quedasen bien sujetas. Cuando terminaron la tarea se fundieron en un fuerte abrazo, orgullosos de la fantástica labor que acababan de realizar.

El tiempo les dio la razón y los plataneros empezaron a dar plátanos en abundancia.  Una tarde, el espabilado mono detectó que estaban amarillitos, en el punto justo de madurez, y sin dar explicaciones trepó por la planta y se puso a comer  uno tras otro como si no hubiera un mañana. La tortuga quiso hacer lo mismo, pero como no podía subir, tuvo que quedarse abajo mirando cómo su colega se atiborraba.

Al cabo de un rato, extrañada de que no se dignara a bajarle alguno para ella, empezó a mostrar inquietud.

– ¡Eh, amigo, deben estar buenísimos porque ya te has comido más de veinte!

Desde lo alto, con los dos carrillos hinchados, el mono le replicó:

– ¡Están exquisitos! La pulpa es dulcísima y se deshace en la boca como si fuera  mantequilla.

– ¡Oh, se me hace la boca agua!… Estoy deseando probarlos, pero ya sabes soy una tortuga y las tortugas no tenemos el don de escalar. ¡Necesito tu ayuda, compañero! ¿Serías tan amable de coger alguno para mí?

– Tranquila, querida amiga, hay un montón. En unos minutitos te bajo unas cuantas docenas.

La tortuga sonrió y le dijo:

– ¡Ah, está bien! Come tranquilo, no tengo prisa.

Pasó una hora hasta que por fin vio bajar al mono… ¡con las manos vacías!

– Pero… ¿dónde están mis plátanos?

El simio, inflado como un globo de tanto engullir, le contestó con una desfachatez pasmosa:

– Lo siento, amiga, al final me los he comido todos. Ahora mismo debo tener el potasio por las nubes, pero es que estaban tan ricos que no me pude contener.

– ¿Cómo dices?… ¡Eres un caradura y un abusón! ¡La mitad de los plátanos eran míos!

– Ya, pero entiende que me entusiasman y que como dice el refrán “comer y rascar todo es empezar”.

Ante semejante injusticia, la tortuga se vio obligada a tomar una decisión tajante.

– ¡Nuestra amistad se termina aquí y ahora! No quiero volver a verte, así que lo mejor es que uno de los dos haga las maletas y se largue para siempre.

El mono, mirándola por encima del hombro, respondió con aires de superioridad:

– ¡¿Pues sabes qué te digo?! Me parece muy buena idea porque empiezo a estar muy harto de ti. ¡Ya estás tardando en irte a vivir a otro sitio!… ¡Fuera de aquí!

La tortuga apretó las mandíbulas y soltó un gruñido que mostraba verdadero enfado.

– ¡Grrr! ¡De eso nada, monada! Te reto a una carrera por la orilla hasta el final del río. Quien obtenga la victoria se quedará con los dos plataneros, y quien pierda se irá a vivir a otro bosque.

Como te puedes imaginar, el mono soltó una carcajada y respondió en tono burlón.

– ¡Ja, ja, ja! ¡¿Estás de broma?! ¿Tú, uno de los animales más lentos del planeta, pretendes que nos lo juguemos todo en una carrera? ¡Ay, que me descoyunto de la risa! ¡Ja, ja, ja!

– Si tan seguro estás de tu superioridad, no sé a qué esperas para aceptar mi desafío. ¡Acabemos con esto de una vez!

Un águila, un búfalo y un pequeño roedor actuaron como testigos del evento para que constara en acta el resultado. Ellos fueron también quienes fijaron el punto de salida y la línea de meta. Cuando todo estuvo en orden, el búfalo gritó con su potente voz:

– Tres… dos… uno… ¡ya!

En un abrir y cerrar de ojos el mono logró sacar una tremenda ventaja a la tortuga pues la  pobre, cargada con su pesado caparazón y dando pasitos cortos, avanzaba muy despacio, casi a ritmo de caracol. Sabiéndose claro ganador, a mitad de camino frenó en seco.

– ¡Vaya aburrimiento! Me sobra tanto tiempo que voy a descansar un poco antes de retomar la carrera.

Iba a ser un ratito nada más,  pero su plan falló porque había comido tantos plátanos que cayó en un profundo sopor. En cuanto se sentó empezó a bostezar,  y segundos después estaba roncando como un oso.

Dos horas estuvo durmiendo a pierna suelta, y más habrían sido si no fuera porque un mosquito muy pesado le despertó justo en el momento en que  la tortuga pasaba por su lado. El mono, indignado,  se puso en pie de un salto y agarrándola por el pescuezo, le dijo:

– ¡Eh, tú! ¿A dónde crees que vas? Pensabas adelantarme aprovechando que me estaba echando un sueñecito ¿verdad?… ¡Hala, a tomar viento fresco!

En un ataque de locura, el insensato animal dio una cruel patada a la tortuga y la lanzó al río.

¿Quieres saber cómo termina esta historia?… No te preocupes, tiene un final feliz gracias a que la tortuga tuvo la gran suerte de encontrarse con la corriente a favor, en dirección a la meta. Por mucho que el mono corrió como un loco por la orilla, le resultó imposible llegar antes que ella, que solo tuvo que ponerse boca arriba y dejarse arrastrar  para proclamarse  vencedora con todos los honores.

Al mono le invadió una sensación horrible cuando se dio cuenta que por culpa de su egoísmo y mal comportamiento había perdido a su mejor amiga, pero ya era demasiado tarde: antes de  caer la noche, abandonó el bosque en busca de otro lugar donde vivir. La tortuga, por su parte, regresó a su hogar y se convirtió en la única dueña y señora de los dos plataneros.